Mi nombre es Mónica Egido, y mi camino en el mundo de la fotografía empezó a los 12 con una pequeña Kodak. Aunque fue realmente a los 15 años, cuando me regalaron mi primera Nikon compacta, y me enamoré de la fotografía.

Cuando era pequeña mi padre llenaba la casa de lienzos con pinturas de paisajes, cielos, nubes y barcos, por lo que siempre ha existido una inspiración artística en casa, y como era de esperar, empecé siendo paisajista. Cada vez que podía me escapaba con mi cámara buscando caminos sin fin, horizontes, atardeceres y simetrías infinitas, que es algo que me sigue apasionando.


Empecé siendo paisajista, pero poco a poco fui explorando otros estilos de fotografía, pasando por la fotografía de calle o el macro, hasta que después de años experimentando, encontré mi lugar en la fotografía conceptual, fusionando el retrato con el paisaje, ya que necesitaba en mis escenas personas que contaran mis historias, aunque no sean el elemento principal en estas.

Todos estos años la fotografía ha ido de la mano de mi carrera como fisioterapeuta, lo cual ha influido mucho sobre mi trabajo como fotógrafa; esa ansia de conocimiento sobre el funcionamiento del cerebro ante las imágenes, las percepciones de estas, y mi interés por la psicología, me llevaron a darme cuenta de que no sólo quería hacer fotos bonitas, sino que quería que a través de mis imágenes se hicieran críticas sociales, se trataran conceptos como la autoaceptación o el concepto de belleza. Quería contar historias que removieran el interior de las personas que las ven y que, a través de elementos como las disonancias cognitivas, la composición de colores, líneas y figuras, ver una fotografía se convirtiera en una profunda experiencia sensorial.

Actualmente trabajo con una Nikon D800. La uso desde hace 3 años y es una maravilla de cámara; la batería dura una barbaridad, y aunque pese un poco la empuñadura es perfecta.

Mis principales objetivos son:

He de decir, que mi “todoterreno” es el 50mm, me encanta su calidad de enfoque, y teniendo en cuenta que la mayoría de las veces trabajo en exterior a campo abierto, no tengo problemas en cuento a la distancia si quiero crear escenas más abiertas o cerradas.

Cuando trabajo en interior suelo tirar con el 35mm, pero si el espacio se me queda demasiado pequeño, y no me importa que la imagen se deforme un poco, tiro con el 24mm de Sigma. Lo malo de este último es que pesa bastante, y montado en la cámara, que no pesa poco, hay veces que dificulta el trabajo si no tienes a mano un trípode, cosa que tengo, pero apenas uso.

En mi mochila siempre suelo llevar un reflector de 80 cm, un foco fijo Rotolight Neo II y un trípode Hama Star 63.

Aunque cuanto menos peso lleve mejor, ya que cuando hago fotos en exterior tengo que caminar bastante hasta las localizaciones, y además del material fotográfico, tengo que llevar el atrezzo para la escena, como espejos, sillas, jarrones…

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