Antes de descubrir mi pasión y misión por la fotografía, solía pensar que quería verme rodeado de lujos y las exclusividades propias de un alto estatus socioeconómico.

Me llamo Albert, aunque todo el mundo me conoce como Tote. Nací hace 22 años en un pueblo cerca de Barcelona y pasé mis mejores vacaciones rodeado de naturaleza. 


La realidad es que no mostré ninguna clase de interés por la educación hasta que trabajé por primera vez. Me adentré en el mundo de la hostelería y fue una experiencia enriquecedora, pensé que si me esforzaba conseguiría ser un reputado chef.

Me dediqué con ánimos y conseguí el título de Dirección de Cocina.

A los 20 años dirigí mi primer restaurante, estaba en una zona costera sumamente turística y aprendí mi primera gran lección: quería estar más cerca del monte y vivir tranquilo.

Abandoné las chanclas y me puse las botas, pues me mudé al Pirineo, concretamente a Boltaña, un pueblo aragonés con mucho encanto.

Allí dirigí otro restaurante, fue una gran oportunidad fruto de la aleatoriedad y de la suerte que yo mismo había madurado. Aprendí grandes aspectos sobre gestión y técnicas culinarias realmente curiosas, pero lo que de verdad me marcó fue descubrir, a consecuencia de mi soledad, que amaba todo lo que me rodeaba, en lo que a la naturaleza se refiere.

Cerca tenía a mi mayor mentor: mi abuelo.

Él me transmitió el poder de la curiosidad y el afán de cuestionar lo evidente. Además, me prestó su vieja Canon EOS 50D para que pudiera retratar la apariencia de las especies que me enseñaba. Sólo me propuso dos condiciones: el objetivo no me lo iba a prestar y tendría que acabar devolviendo esa cámara en algún u otro momento.

Pocos días después adquirí un Tamron 18-200mm, se trataba de un objetivo de no muy buena calidad pero realmente polivalente que me permitiría inmortalizar casi todo lo que me propusiera.

La tercera gran lección surgió en mi vida: adoraba hacer toda clase de fotos, pero sobretodo de fauna silvestre, de modo que adquirí mi primer gran teleobjetivo: Tamron 150-600mm G2.

Esa combinación me permitió tomar imágenes asombrosas, y a pesar del peso, iba con ella a todas partes.

Al llegar la COVID-19 y con ella, el primer confinamiento total, decidí dedicar la integridad de mis días a hacer esperas y fotos a las aves que sobrevolaban la azotea de mi casa, y así fue.

Fue la etapa de autodescubrimiento más importante hasta el momento. Me gustaba observar, esperar y respetar.

Fue en Mayo de 2020, en pleno confinamiento, cuando descubrí que me había convertido en un fotógrafo de naturaleza, y además descubrí mi especialidad: las aves.

El mayor choque sucedió cuando pude volver a trabajar. Ya no quería amasar dinero, ni tan solo conducir un coche más lujoso, ahora sólo quería aprender de la naturaleza y mostrarsela a la gente de mi entorno. 

Ahora tengo un largo camino por delante y el primer paso será abandonar el oficio que me ocupa. Sucederá. Tan sólo debo asegurarme de que mi situación financiera sea favorable.

En la actualidad tengo cámara propia, pues le pude devolver a mi abuelo su vieja Canon EOS 50D. Mi cuerpo de cámara es una Full Frame, la Canon 5D Mark IV. Se trata del dispositivo con espejo más polivalente de la marca. Desde retrato, hasta paisaje y fauna. Desde estudio hasta la climatología más adversa. Así pues es la herramienta más adecuada para alguien que como yo, se arrastra por el suelo en busca de la mínima distancia entre el sensor de mi cámara y el sujeto.

Por otro lado, a día de hoy dispongo de 3 objetivos. Es cierto que no cubren todas las distancias focales que puedo llegar a necesitar, pero con ganas y un poco de creatividad, me son suficientes para llevar a cabo mi trabajo.

Samyang 14mm f2.8 ED AS IF UMC: se trata de mi juguete más rebelde. Me permitió trastear con la fotografía nocturna e incluso tomar algunas fotos de la Vía Lácta. El hecho de que abarque un campo de visión tan amplio hace que todas las fotos tengan un “qué” especial, eso sí, hay que usarlo con cabeza y no abusar, pues a la vez que sorprendente, puede resultar monótono.

Canon 50mm f1.8 STM EF: es la lente EF más económica y ligera de la marca. ¿Acaso no habéis oído hablar de ella? Pues prestad atención, tenéis ante vuestros ojos la herramienta más discreta y útil. Yo personalmente la he usado para foto de stock, retratos, paisajes, fauna, Vía Láctea… Creo que no hace falta que siga.

Tamron 150-600mm G2: la mayor de mis alegrías, pues me permite seguir haciendo lo que soy. Me aproxima, abre planos… Es centrado, detallista, relativamente ligero y bien construido. Con él he fotografiado bajo la nieve y ni se inmutó. Sólo hay un “pero” y es que a 600mm no es todo lo nítido que espero, pero bueno, vale cada uno de los euros que cuesta.

En cuanto a mochilas, tengo dos:

K&F Concept: Es una mochila de tamaño medio, dentro me cabe la cámara montada con el Tamron y aún queda espacio para mis otros dos objetivos, eso sí, no puedo llevar nada más que la cajita con las baterias y una botella de agua fuera en uno de los bolsillos abiertos laterales. Es ideal para llevar de paseo a los dos pequeños y dejar al grandullón aparcado. 

F-Stop Tilopa 50L + ICU Pro Large: La locura hecha mochila, me siento Doraemon en versión wildlife. Dentro llevo la cámara, objetivos, tripode, la cámara de fototrampeo, el tumbihide, mallas de camuflaje, traje de hojas, ropa de abrigo, comida, agua… Y aún me cabría un portátil y bastantes más cosas. Es una pasada que pueda llevar conmigo todo lo necesario para mis proyectos más exigentes, aunque podría poner una pega: el hecho de que quepa tanto material afecta directamente a su peso (lo se, suena obvio) y la espalda paga el precio. Hay que ir con cuidado. Sólo la uso en las salidas más técnicas.

Además tengo un trípode Benro MACH3. Es un tope de gama en su versión de 4 secciones de aluminio. Por el momento lo uso con una rótula de bola Benro B2.

Redes sociales:

Instagram: @faunadetote.